martes, 28 de diciembre de 2010

Baptisme et mort


… et je prends mon chemin, et je me retrouve avec la folie d’espérer, d’attendre, la folie de l’éternelle, la folie de l’espoir. Et moi, je pense que je crois, et je crois que je peux, et je n’ai pas de pouvoir. Et dans la nuit, je me réveille avec la lumière de la lune, et pendant le jour commence à germer, je m’endors aux rayons du soleil, et je mors avec le matin. Et comme ça, déjà je ne suis plus.


lunes, 20 de diciembre de 2010

Carolina inerte


(Sonando "Sonata Claro de Luna" de Beethoven: http://www.goear.com/listen/15879f8/sonata-claro-de-luna-beethoven )

Carolina era una niña grisácea, con una palidez en el alma que a nadie yo le desearía. Nunca fue una niña de muchas palabras, ni tampoco de muchos amigos. No encontró jamás su sitio en la escuela, ni en la familia, donde sus únicos momentos de protagonismo se los daba un padre de mano larga, ébrio de whisky y de soledad. Nunca destacó en una sociedad que oprimía su gaznate con el yugo del deber y del obtener, ni tampoco recibió un gesto de amor, por lo que no conoce la profundidad de esta emoción, y su rostro dibuja una imagen estática y vacía, vagabunda, casi moribunda, incapaz de sentir el afecto. Carolina no sufrió nunca, porque nunca conoció aquello de lo que hablaban en la televisión, ni entendió qué significaban esos graznidos, "repetitivos y guturales", que de tanto en tanto escuchaba brotar de las gargantas de aquellos con los que se cruzaba por la calle; porque nadie era alguien para Carolina, todos eran uno más.

Fue el día de su cumpleaños, cuando Carolina, extrañada, lanzó su primera mueca, algo parecido a un quejido facial, o tal vez a un anteproyecto de sonrisa: Carolina había recibido una carta que no entendía, pero que parecía haberle revuelto las entrañas, como si le hubieran introducido una mano en el estómago y estuvieran haciéndole cosquillas. "Qué extraña sensación", pensó... y no le desagradaba, precisamente. Alguien se había acordado de Carolina, cuando ni siquiera ella tenía clara la existencia de su propio concepto.

Carolina, la niña grisácea y de alma pálida, corrió a su cuarto para engalanarse como la más bella de las damas, y con cuatro trapos harapientos, hizo resaltar el color azul de sus ojos como si de dos candiles se tratara. Peinó su estropajoso cabello y se calzó unos zapatos viejos que le apretaban los pies. Corrió a la habitación de su padre, y del cajón del fondo del armario, sacó un collar de perlas de la que un día fue su madre, aquella señora que nunca conoció y por la que, de tanto en tanto, llora su padre tras golpearla por no querer cumplir con sus labores en casa. El collar le llegaba casi al ombligo, pero a ella no le resultaba problemático, porque algo cegaba cualquier percepción de la realidad que pudiera tener: Carolina estaba ilusionada por un regalo que cayó del cielo.

A las 16:48, Carolina estaba junto al puente sobre las vías, justo donde aquél reclamo convertido en formato de misiva la había citado. Estaba exuberante a la par que expectante, impaciente por conocer al único ser que había despertado su motivación, al único que algún día la eligió a ella, y por eso, llegó tan temprano. La aguja de los minutos parecía no pasar para Carolina, y ella se impacientaba. Sus manos estaban sudando, y casi no podía ni caminar con aquellos zapatos. ¿Cómo sería? ¿Qué aspecto tendría? ¿Le devolvería la sonrisa a su rostro?

A las 16:59, Carolina se sentía más tensa que nunca. Agarrándose a la barandilla, asomaba su cabeza para ver si conseguía ver a alguien en el horizonte, cuando de repente, comenzó a dibujarse su silueta. Carolina comenzó a temblar, y sus manos casi resbalaban por la baranda. Su figura se iba dibujando inexorablemente más nítida, y Carolina se mostraba más y más tensa. Puntual, a las 17:00, llegó el autor de la carta, y Carolina dibujó una sonrisa en su rostro antes de abalanzarse a él desde lo alto del puente.

A las 17:01, la niña conoció a su amor platónico, el que creyó que jamás llegaría: vestía de negro, y cubierto con una capucha, consiguió que Carolina experimentara por primera y última vez, una brizna de aquello que se conoce como felicidad.



viernes, 10 de diciembre de 2010

Érase el vacío

(Leer con http://www.youtube.com/watch?v=rWXmf6k5AIw )

Érase una vez Alicia desdichada, ruinosa y desgraciada. Érase un mundo irreal, sin lógicas formales, sin porqué ni cómo ni dónde ni cuándo, sin explicación alguna ante la angustia de Alicia. Érase un camino infinito, que se perdía en el horizonte tocando las puertas del firmamento, donde todavía era capaz de brillar una estrella. Érase una meta resplandeciente, deslumbrante, radiante e intensa, rodeada de las tinieblas más propias del kaos de la humanidad. Érase un concepto abstracto que ni el libro más pesado podría definir en sus páginas: érase la felicidad.

Érase Alicia siguiendo el camino, tropezando una y otra vez con la misma piedra, aprendiendo y desaprendiendo, olvidando y memorizando. Érase una senda repleta de baches, de truncamientos, de grietas y desniveles. Érase un paisaje grotesco, donde las más extrañas figuras conformaban un mapa de éxtasis y tristeza, pero también de irrelevancia y vulgaridad; un paisaje donde las jaurías de lobos acechaban tras los arbustos de rosas espinadas, donde cientos de ojos observan en la oscuridad. Érase una Alicia temblorosa, aterrada y sola, magnífica actriz y maquillada hasta las entrañas. Érase un paso ligero, rápido, brioso, galopante. Érase Alicia en el suelo con lágrimas en sus manos y sangre hasta en sus ojos. Érase un sendero que iba estrechando su forma, érase un cuerpo que iba perdiendo su vida.

Érase escuálida Alicia, érase Alicia expectante, érase Alicia reptante. Érase la muerte de Alicia, érase una luz que se apaga, érase una falacia, una mentira.


jueves, 25 de noviembre de 2010

Tardes negras

Y es que hace tiempo que las calles no tienen fin, y el agua de la lluvia discurre por mi cuerpo sin irrupciones ni rumbo concreto. El frío se ha instalado en mis entrañas, y casi no siento el tacto de la propia ropa. Levito. El Sol no calienta apenas, por radiante que se presente, y mis párpados… hace ya tiempo que mis ojos dejaron de percibir la mitad del mundo, por encima del horizonte. Un paisaje de otoño desde una perspectiva anacrónica y deslocalizada, que encaja en un mundo de melancolía interior recalcitrante que me hace casi reptar.


A veces, y sólo a veces, el término "muchedumbre" es sinónimo del concepto de soledad. Por la calle oigo risas constantes, alegría y júbilo, fiesta y animosidad... incluso oigo, de tanto en tanto, pronunciar mi nombre: un chorro de felicidad que me envuelve, que me seduce; no obstante, es casi como un susurro que pasa de puntillas, un soplido de brisa en la nuca. Mi verdadera compañera es la soledad, y con ella me lamento hasta el infinito, me desgañito gritando y me desgarro llorando. Todo es un murmullo de fondo, una croma verde, vacío, en el que ir poniendo y quitando imágenes, que pasarán siempre sin pena ni gloria, porque mi vida se halla en el vacío.

Y es que el vacío sólo se conoce cuando se ha conocido la plenitud. Extraño muchos conceptos que he podido saborear en la vida, pero no son conceptos concretos ni cosificados. ¿Qué fue de esa sensación fisiológica al ver un nombre en la pantalla del teléfono? ¿Sería capaz de volver a sentirme en simbiosis con tan sólo una mirada? ¿Por qué no me abandona esta melancolía, que todo lo abarca? Dicen que el amor no se busca, y están en lo cierto, pero yo extraño volcar mi vida en alguien que consiga iluminar mis tardes negras.

lunes, 15 de noviembre de 2010

Dejando atrás la arcilla y la caliza

Hoy vuelvo a sentirme inspirado en la escritura. Sin un rumbo fijo en la pluma, pero muy consciente de La Musa, contemplo retrospectivamente el camino recorrido hasta ahora, en el que he abandonado mi tierra de arcilla y caliza para encontrarme con los terrenos silíceos del Norte, donde la melancólica lluvia me acompaña donde quiera que vaya, donde el Sol, tímido, se asoma cumpliendo con el protocolo de cortesía. El Sol... De las cosas que más echo en falta es ese Sol radiante, resplandeciente, testigo de las fechorías diurnas rutinarias, guardián de los caminos dibujados y los castillo de arena construidos. Y esa brisa complaciente y suave, como un amante que te susurra al oído las fantasías más inefables. Trobe a faltar el Mediterrani.

Pero, por otro lado, ¿qué mejor lugar para encontrarme que aquí, donde los ojos de aquellos de los que soy parte no me observan; donde cada cosa es nueva, entusiasmante? Sólo me observa la roca secular, la misma que calla tantos y tan ancianos secretos. Mi única interlocutora es Compostela, y conforme la voy conociendo, más me voy enamorando de ella. Con ella comparto secretos, y con ella me voy descubriendo.

No obstante, aprendo a quererte día a día, Compostela, pero a ti te encontré en la calle, y madre, no hay más que una. Te extraño, Mediterráneo.

jueves, 20 de mayo de 2010

Punset es amor

Estas son las peores épocas para aquellos que estudiamos. El sistema educativo en el que nos formamos, hace que cojamos asco a todo aquello que, el resto de días del año, amamos. No obstante, la vocación acaba asomando el gaznate a la mínima de cambio. Punset siempre me llega al alma, y en el último "Redes", no iba a ser menos.

En este capítulo, bajo el "tag" de "educación", Punset se entrevistaba con Matthieu Ricard, hijo del filósofo francés Jean-François Revel, Doctor en genética molecular en el Instituto Pasteur, y monje budista desde 1972. Ricard explicaba la posibilidad de buscar la felicidad del ser humano desde la concentración en la experiencia sensible, y el desarrollo de la compasión como valor a alcanzar para llegar a la felicidad. Matthieu Ricard está de acuerdo con las ideas que consideran paradójicos los conceptos de "altruismo" y "egoísmo", aunque en este punto, he de decir que discrepo. Realmente, si hacemos de la compasión un valor (y por ende, una necesidad) para el ser humano, nuestra búsqueda individualista del placer pasará por llevar el beneficio al prójimo. Estoy completamente convencido de que, desde María Teresa de Calcuta hasta Rigoberta Menchú, todo ser humano que se haya movilizado por el prójimo, lo ha hecho con una motivación propia, y jamás por hacer el bien porque sí. No obstante, esto no resta ni un ápice de poesía ni de belleza a los actos de aquellos que mueven el mundo por los demás: no hay nada más precioso que tener la necesidad de hacer feliz a los demás. La experiencia primera y más cercana que tenemos de este tipo, es cuando nuestra madre nos da el pecho. Es más; posiblemente, el poder de abstracción de las personas sea tan grande, que antes de la lactancia, las futuras madres, que proyectan la figura de un hijo todavía figurativo, son capaces ¡hasta de ponernos música clásica mientras somos fetos!

Matthieu Ricard se preguntaba, y con mucha razón, cómo es posible que seamos formados en materias como la matemática, la lengua, la biología... y no nos enseñen en la escuela a desarrollar la compasión, la empatía o la comprensión. Daniel Goleman habló, en su bestseller "Inteligencia emocional", de la necesidad del desarrollo de habilidades sociales y emocionales para una buena ejecución de la rutina en la vida diaria del ser adulto. La estabilidad emocional, la empatía o la autoestima, son cualidades que, de estar cuidadas, aseguran el éxito en la vida personal y profesional de todo ser humano adulto. ¿Por qué, entonces, no son inculcadas en la escuela? ¿Son simplemente valores para enseñar en casa, o realmente son cualidades que, como la inteligencia aritmética, hemos de desarrollar mediante la formación escolar para asegurar un buen desarrollo personal?

Sea como sea, y hable de lo que hable, Punset siempre me hará recordar por qué estoy donde estoy, y haciendo lo que hago.

domingo, 9 de mayo de 2010

De lo sempiterno del Fénix

Motivación: La palabra "motivación" proviene del latín "motivus" (movimiento) y el sufijo "-ción" (acción). "Motivación" también comparte lexema con las palabras "motivo" y "motivar".

Hoy tengo uno de esos días de reflexión, en los que parece que el tiempo corre más despacio, como cogiendo carrerilla para comenzar una maratón de cross el final de la cual no se vislumbra. Sonará paradójico, pero es como si todo a mi alrededor viajara raudo, pero mi percepción del tiempo se viera enlentecida por el efecto de la incertidumbre del insalvable devenir.

Sea como sea, hoy, siento la necesidad de volver a escribir, de volver a expresar ese caos con el que habito, que a veces me ahoga, que a veces, me motiva.

No gusto del etiquetaje como conceptualización rígida de la realidad, pero sí de su funcionalidad práctica. Soy un estudiante de 23 años, amante del arte, amante de la ciencia, amante de la pasión y de la razón; aprendiz de mucho y maestro de nada. Criado en una cultura machista y falocentrista, celebro lo efímero de la superficialidad, y profeso lo permanente de la profundidad. Heterosexual para algunos, mariconazo para otros, y PERSONA para Kinsey (y probablemente, para mí mismo), me muevo por ambientes eclécticos, sin esconder lo que soy, y enarbolando la bandera de un individualismo aferrado a la pertenencia social. Soy español, valenciano y castellano a la par, y en absoluto, ciudadano del mundo: tengo una identidad social muy bien definida dentro de mi encéfalo.

¿Por qué abro este blog? Hace tiempo, me gustaba escribir en mis momentos de reflexión, de soledad, de angustia, o incluso, de alegría. El tren de la vida moderna me ha conducido por caminos de estrés y automatismo, hasta el punto de, llegado el día de hoy, haberme planteado qué partes de mí estaba olvidando. Por ello, comencé a buscar blogs de diversas temáticas, con los que poder sentirme identificado: blogs melómanos, blogs políticos, blogs de estudiantes... y, casualmente, llegué al blog de un chico (andaba yo buscando el blog de algún gay), que me pareció muy interesante, y que, en cierto modo, me desesperanzó, debido a que recientemente, decía adiós a sus lectores. Fue en este preciso instante, cuando sentí la necesidad de ser yo quien comunicara, de volver a mis raices. Fue en este momento, cuando me reencontré con la motivación.

Me siento contento de volver a tener un lugar en el que expresarme, y, a pesar de que ni hoy, ni esta semana, ni, probablemente, este mes, leerá nadie estas palabras, guardo la esperanza de que algún día, alguien retrocederá en el calendario de esta página, con el ánimo de entender cuál fue la motivación que llevó a este Fénix a resurgir.